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Saber hacerse una media cola fija requiere de paciencia, un buen peine y un par de manos extras. Primero se humedece un poco el cabello, tratando de suavizar el paso del pequeño rastrillo para que el dolor de algunas fibras enredadas se disipe. Se separa la porción que se desea atar con la liga, el carmín o la pita que se use, se peina una y otra vez. Se da forma, separada por la raya que el buen peine y la mano diestra que la otra persona sabe usar. No hay mezcla entre ambos lados, del que está firmemente sujeto y del que se dejará enredar de nuevo con el viento. Fijo y templado, la media cola está ya hecha.
Está hecha para volverse a desarmar, porque ella no deja de pasar su mano por ahí constantemente. Repasa sus dedos empezando por la frente y terminando en la nuca, rascando el cuello estirado, tratando de entrar a la columna y dividir cada disco, engrasarlos y volveros a colocar como nuevos. El codo apoyado en la carpeta, la mano entra de nuevo como una araña y si las uñas fuesen más largas y filudas, las clavaría a rascar el mismísimo cerebro, que merece una buena sacudida porque la pizarra no le llama más la atención, tejería una pequeña red para que descansen las neuronas y la araña tranquila saldría. De pronto tuvo que regresar a la realidad.
- ¿Inés?