Flashback
La primera vez que recuerda haberse caído fue en el colegio. Llevaba pantimedias azules debajo de esa falda larga de castidad; la fuerza del golpe, marcado por el raspón, hizo que el nylon se adhiera dolorosamente a la herida.
Al llegar a casa, su madre pacientemente le removió la media, la sangre estaba por completo seca y el dolor intenso asustó a la niña. El aseptil rojo y los algodones. Su rodilla estaba hinchada. Esparadrapos. Lloró mucho con el esparadrapo bañado en alcohol. Jodidos esparadrapos.
El patio escolar era enorme, de una distribución generosa bien aprovechado por los infantes. Los niños parecían vándalos corriendo de un lugar a otro mientras las niñas, de manera grácil, saltaban la soga, las pelotitas al aire o que reventaban en el suelo, un dos tres, mundo. Todo poéticamente armado, en cámara lenta y primeros planos. Las niñas era lo que más se debía cuidar. Chiquillos atolondrados, ¿qué se podría esperar?
Las canchas de básquet se veían improvisadas para el fútbol diario. Sin miedo a caerse, o si lo hacían, sin miedo al dolor, muchachos alborotados que se empujan, meten gol. ¡Gol! Ella sólo se había raspado la rodilla y ellos se lanzan contra el suelo, así de simple.
Sólo dolía al estirar la pierna. Mamá dice que deje de jugar así. El árbol del parque era más divertido aún. ¿Te acuerdas de eso? Era un tronco curvo al inicio, iban creciendo a la par, pero igual terminó torcido, era por estar siempre encima de él. Era un árbol, no un barco. Pero los piratas siempre buscaban atacarlo. Era césped, no enormes olas. Aunque nunca se cayó de él, eventualmente dejó de treparlo. Esa rodilla iba a quedar marcada.
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