20/02/2006
° When the music's over °
Tarán. Parán, parán. ¡Van! ¡Van! PRUM, prum! . . . 1, 2, 3. La carpeta. Los dedos. Una batería mental. No se puede mover y es increíble pensar que por dentro baila como si Ian Curtis estuviese en pleno escenario. She’s lost control again. Pasó de largo, o dejó que pasará así mientras los últimos salían del salón. La canción había acabado. Pero el retorno a casa la disiparía, la desvanecería de manera tal que se volvería etérea, eso quería creer, porque volvía a recordar la llamada del otro día, tal como lo hizo de ida a clases y tal como fue y ha sido desde aquella tarde. Sólo faltaban unos días. 3, 2, 1. Challenger. Ice Age.
El retorno a casa es relativo en cuanto a la profundidad del paisaje, (que usualmente viene a ser el mismo) pero con profundidad me refiero a las dimensiones en el cual éste varía. Inés lo había comprendido bien desde que un día en febrero un globo con agua salpicó a su cara, mojando sus lentes y trayéndola a la realidad. Había, también, asimilado que el tiempo varía de acuerdo a lo entusiasta que se encuentre para oír tal o cual disco que al azar, o a ciegas, meta al bolso. Definitivamente, volver a casa implica muchas formas de distraerse sin pasarse, claro está, de largo el paradero.
De nuevo visualizaba su misma imagen, sin que José la viera, o siquiera pensando por donde andaba. Entonces pensó que actuaba imaginariamente para él, como si la pudiera observar desde alguna parte del cielo, que la ve bajar del bus, la mochila atrás. Caminando lento, con los carros viniendo próximamente. Las luces se hacen más fuertes y un perfil negro corre al otro lado de la pista. El auto pasó al ras. José de seguro estaría durmiendo mientras ella buscaba las llaves. Había llegado a casa.
06/02/2006
Querido diario,
Los días últimamente los siento extraños, pasan lentos y de alguna manera pareciera que me agotan más. No sé porque tenga la sensación de ser observada, mientras camino por la calle, como si arrastrara una sombra pesada. El otro día me pareció sentir una respiración cerca de la oreja, como un susurro suave que me erizó la piel a lo largo de toda la columna. Me debo de estar volviendo paranoica o alguna otra razón debe haber. Ya me cansé de voltear al andar, de cerrar las cortinas o mirar debajo de la cama, un poco más y termino tapando el espejo. No lo entiendo y ya lo quiero olvidar.
El otro día llamo José, no reconocí su nombre y contesté por inercia, sin asombro ni ganas. Hacía meses desde la última vez que hablamos, y muchos más inclusive, desde aquella tarde que nos vimos. El tiempo es extraño y no lo sentí, habíamos acordado seguir nuestros rumbos, pero ya nadie puede esconderse de alguien. ¿Cuánto tiempo ya? No lo puedo ni contar, pero sí recordar la primera vez que topamos casi al azar. ¿Qué será de todo?
Cerraré la ventana.
26/01/2006
Nombre II
No se había percatado del nombre, le pareció común y normal. No lo había notado hasta las primeras letras y la pantalla del celular borró las palabras para empezar a contabilizar los minutos de conversación.
Del porqué había llamado, no lo sabía. No recordaba su voz en meses y lo había confundido. Su nombre era común. Tan simple que no le conmovió, hubo un tiempo en el que podía diferenciarlo pero ahora sólo era otra persona igual, ya no había distinción y se perdió. Pensó que cuando la persona se vuelve común a su nombre desaparece su individualidad. Existen muchas Anas, demasiados Luises y Juanes, Rosas o Marías. María podría ser tal vez el nombre más común del planeta, suele suceder con los nombres bíblicos. Así ocurrió con él.
- Hola, José. - Saludó a una palabra vaga que no había pronunciado en tiempo y trató de dibujar en la mente su rostro leído al tacto. Desde el cabello, bajando por las patillas, acariciando detrás de la oreja, las yemas de sus dedos perfilando el mentón arisco por una barba caprichosa. Definitivamente, no le gusta hablar por teléfono. No hay ojos ni respuesta, no hay miradas esquivas de aburrimiento u ojos saltones de impresión. Él no pudo ver su cara de complacencia al descubrir su teoría del nombre y ella menos saber como él fruncía el ceño al percatarse que no hubo asombro por su llamada.
19/01/2006
Nombre
Saber hacerse una media cola fija requiere de paciencia, un buen peine y un par de manos extras. Primero se humedece un poco el cabello, tratando de suavizar el paso del pequeño rastrillo para que el dolor de algunas fibras enredadas se disipe. Se separa la porción que se desea atar con la liga, el carmín o la pita que se use, se peina una y otra vez. Se da forma, separada por la raya que el buen peine y la mano diestra que la otra persona sabe usar. No hay mezcla entre ambos lados, del que está firmemente sujeto y del que se dejará enredar de nuevo con el viento. Fijo y templado, la media cola está ya hecha.
Está hecha para volverse a desarmar, porque ella no deja de pasar su mano por ahí constantemente. Repasa sus dedos empezando por la frente y terminando en la nuca, rascando el cuello estirado, tratando de entrar a la columna y dividir cada disco, engrasarlos y volveros a colocar como nuevos. El codo apoyado en la carpeta, la mano entra de nuevo como una araña y si las uñas fuesen más largas y filudas, las clavaría a rascar el mismísimo cerebro, que merece una buena sacudida porque la pizarra no le llama más la atención, tejería una pequeña red para que descansen las neuronas y la araña tranquila saldría. De pronto tuvo que regresar a la realidad.
- ¿Inés?
15/01/2006
Flashback
La primera vez que recuerda haberse caído fue en el colegio. Llevaba pantimedias azules debajo de esa falda larga de castidad; la fuerza del golpe, marcado por el raspón, hizo que el nylon se adhiera dolorosamente a la herida.
Al llegar a casa, su madre pacientemente le removió la media, la sangre estaba por completo seca y el dolor intenso asustó a la niña. El aseptil rojo y los algodones. Su rodilla estaba hinchada. Esparadrapos. Lloró mucho con el esparadrapo bañado en alcohol. Jodidos esparadrapos.
El patio escolar era enorme, de una distribución generosa bien aprovechado por los infantes. Los niños parecían vándalos corriendo de un lugar a otro mientras las niñas, de manera grácil, saltaban la soga, las pelotitas al aire o que reventaban en el suelo, un dos tres, mundo. Todo poéticamente armado, en cámara lenta y primeros planos. Las niñas era lo que más se debía cuidar. Chiquillos atolondrados, ¿qué se podría esperar?
Las canchas de básquet se veían improvisadas para el fútbol diario. Sin miedo a caerse, o si lo hacían, sin miedo al dolor, muchachos alborotados que se empujan, meten gol. ¡Gol! Ella sólo se había raspado la rodilla y ellos se lanzan contra el suelo, así de simple.
Sólo dolía al estirar la pierna. Mamá dice que deje de jugar así. El árbol del parque era más divertido aún. ¿Te acuerdas de eso? Era un tronco curvo al inicio, iban creciendo a la par, pero igual terminó torcido, era por estar siempre encima de él. Era un árbol, no un barco. Pero los piratas siempre buscaban atacarlo. Era césped, no enormes olas. Aunque nunca se cayó de él, eventualmente dejó de treparlo. Esa rodilla iba a quedar marcada.